El Tango: de expresión popular a red socio-cultural

Dra. Sonia Abadi

En el origen fue el baile

En el origen el tango fue sólo un modo de bailar las músicas que llegaban a Buenos Aires desde diversas geografías y culturas, con figuras improvisadas, expresivas y sensuales. Fue una asimilación crítica y transformadora de las influencias extranjeras, una aleación cultural.
A diferencia de todas las danzas populares que se realizan siguiendo el ritmo, en el tango el bailarín se mueve libremente entre bailar el ritmo y bailar la melodía, según su personalidad, su estilo y su estado de ánimo. También introduce las detenciones del movimiento que se llaman “corte” y “quebrada” y crean un elemento de juego, sorpresa y libertad dentro del baile. El bailarín dice: “yo bailo la música como quiero, uso el espacio a mi manera, me detengo cuando quiero y vuelvo a bailar cuando siento que la música se lo pide a mis sensaciones.”
De a poco aparecieron los músicos, primero intuitivos y luego académicos, que crearon una música especial para ser bailada de ese modo.
Música que tuvo influencia del folklore, los ritmos negros, la música española, la canzonetta napolitana, la música galesa llevada a Cuba por los piratas ingleses y traída luego al sur como parte de la habanera, la música barroca enseñada a los indios por los misioneros, el vals y la polka europeos.
Sólo más adelante aparecerán las letras de tango, al principio picarescas y luego dramáticas o descriptivas.
Hijo natural de un mundo en transformación, el tango nace en Buenos Aires y más específicamente en sus burdeles. Metáfora de un gran encuentro erótico, social, cultural, es fruto del entramado de los cuerpos, las almas y las raíces, de hombres y mujeres hijos del desarraigo y padres de la nueva identidad que se está gestando a finales del 1800 y los primeros años del siglo veinte.
Buenos Aires cuenta en ese entonces con seis hombres por cada mujer. Hombres de campo que llegan a las orillas de la ciudad, inmigrantes sin familia que recalan en el puerto y jóvenes soldados desmovilizados al finalizar la guerra contra el Paraguay. Hombres solos que buscan diversión o consuelo en las mujeres del burdel. Allí trabajan mujeres criollas, campesinas europeas traídas con engañosas promesas de matrimonio y rameras más o menos experimentadas.
Club de hombres antes que nada, lugar de encuentro de los varones porteños, en la salita del burdel se bebe, se conversa, se cierran negocios honestos o turbios y se pactan acuerdos políticos.
Y entre la tertulia y los cuartos sórdidos de los lupanares o los cuartos lujosos de las “casas francesas”, el esparcimiento del baile, al son del violín, la guitarra, la flauta, y más adelante del bandoneón.
El tango es obligatorio para las mujeres del burdel, que lo practican entre ellas para iniciar a las nuevas pupilas. La destreza en el baile es también poder y prestigio, ya que la buena bailarina es elegida por los mejores clientes y accede a ser la pareja del rufián más poderoso.
En los márgenes de la sociedad, sin acceso a la educación, el destino es inexorable. Allí las aptitudes físicas se hacen vocación y oficio. En ellos, la fuerza y el coraje, o la astucia y la pinta, repartirán los roles entre matones, cuenteros y compadritos. En ellas, la fealdad y la timidez de unas, o la belleza y la desfachatez de otras, las orientarán hacia el taller de costura, el burdel o el cabaret.
Para la buena sociedad de la época, ese baile maldito nacido en la clandestinidad, está prohibido. Pero poco a poco el tango deja de ser la resaca de la ciudad y comienza a construir su identidad y su belleza, dando origen a un arte complejo y conmovedor.
Así sale de los bajos fondos, llega al centro y se proyecta hacia el mundo. Pero conserva hasta hoy su impronta trasgresora y marginal, que es también parte de su magia y fascinación.

El inmigrante, el tango canción, la nostalgia

La segunda ola migratoria y el florecimiento de la ciudad le darán al tango una nueva imagen.
El tango siguió tejiéndose con las coqueterías de las francesitas, amparado por los españoles que en sus bares y cafés recibieron a bohemios y noctámbulos, amasado por los italianos de música apasionada, adornado por los árabes que trajeron sedas para las bailarinas. Acunado por compositores judíos de refinada melancolía; transportado por los armenios, zapateros que vistieron los pies de los bailarines.., la lista es incompleta y sin duda injusta.
Materia prima europea que la alquimia de los amores cruzados y sus herederos transformó en tango.
En ese mismo movimiento, nuestros porteños exportaron el tango, que los del norte trajeron de vuelta, menos pícaro y más refinado; más sensual, pero también más melancólico.
En aquel tiempo aparece en Buenos Aires la moda del Cabaret tanguero. Allí se mezclan las “milonguitas” con los niños bien, los hombres influyentes acompañados de sus queridas, y algunas mujeres trasgresoras de la alta sociedad o el mundo intelectual.
Pero para ese entonces ya el tango triunfa en Europa y es presentado en el Vaticano. Atrás quedan el anatema de los obispos y los comentarios escandalizados de la gente bien.
Son tiempos fundacionales donde todo es posible, tiempos de milagros y del nacimiento de algunos mitos nacionales.
Así habrá alguna elegida que tendrá la oportunidad de atravesar su destino. Eva Duarte de Perón, nacida en un pueblito provinciano, no reconocida por su padre y llevada a las tablas por un amigo, es el mito viviente de la esperanza y la redención. Su habilidad y su ambición la hacen primera dama de la Argentina, militante de la emancipación de la mujer e impulsora del voto femenino. Su fuerte personalidad, su compromiso popular y su trágica muerte hacen de ella una figura idolatrada por el pueblo.
Y el tango encarnado, Carlos Gardel: el mito, el hombre, el artista, el innovador.
De padre desconocido, origen incierto, una vida amorosa reservada y ambigua, la ausencia de herederos, la muerte trágica, todos los ingredientes del mito están presentes.
Y el perfil del hombre lleva los trazos de su historia, que es también la historia del tango, del argentino de entonces, y en cierto sentido el dilema existencial del hombre de hoy: el contrapunto entre arraigo y desarraigo, identidad y diversidad, libertad y compromiso.
Por un lado la devoción del hijo único hacia la madre, los códigos de lealtad con la barra de amigos y el amor a su tierra. Por el otro el bohemio, cuyo bien más preciado es la libertad. Viajero incansable, Carlitos seduce, ríe, juega, gana y pierde con el mismo desapego.
Pero es también el profesional responsable que ensaya varias horas por día, hace dieta y practica deportes para mantenerse en línea. Pasión y disciplina, que son la marca del gran creador.
Intuitivo genial, su talento inmenso y su encanto personal, hacen de él un innovador. Como todo líder inspirado e inspirador, es a la vez hijo y padre de su gente. Tejedor de redes que enhebra los espacios y los tiempos: lo íntimo con el barrio y el mundo, el pasado con el presente y el futuro. Carlos Gardel y el tango se engendran uno al otro. Son a la vez espejos de su mundo y agentes de su transformación, operando sobre los valores, los modelos de identificación, los códigos y el lenguaje.
A partir de Gardel nace el tango canción y las letras se vuelven esenciales. El tango entra en una etapa de transición: se toca, se canta y se baila en bailes públicos, clubes de barrio, milongas del centro. Es la época de oro de las grandes orquestas y los grandes compositores.
En Buenos Aires el tango se baila en los patios al son del organito y se escucha en los salones. Se impone en los clubes barriales de las distintas colectividades.
También en las fiestas de casamiento en las que el padrino de bodas controla el comportamiento de los varones en la pista de baile: estrictamente prohibidos los cortes y quebradas, esas figuras en las que el hombre retiene a la mujer contra su cuerpo y la mece de manera provocadora.
Y en las milongas del centro ese tango urbano se ha vuelto “apilado” y liso, con los torsos apretados y las cabezas muy juntas.

El renacimiento: las milongas de hoy

En los años 70 el baile del tango no estuvo prohibido, sino misteriosamente desaparecido. La música y las palabras fueron admitidas, pero la represión, como siempre, se ejerció sobre el cuerpo. Sede del erotismo, la agresión, el instinto, la vida, el cuerpo es potencialmente subversivo para cualquier sistema totalitario. Durante aquellos años el baile sobrevivió en las sombras como un rito secreto que compartían sólo algunos iniciados.
En la última década no sólo renace en Buenos Aires sino que es adoptado en el mundo entero. Una posible explicación de este resurgimiento es que parece dar respuesta a variadas necesidades individuales y sociales.
Y en estos días de soledades físicas en que amistad, sexo y afecto cultivan soluciones de Internet, bailar tango ofrece la oportunidad de un encuentro vivo, cuerpo a cuerpo, a la vez que un espacio para vivir experiencias de diversa calidad emocional, sensual y artística.
Estoy hablando del tango bailado, de la “milonga” como experiencia popular y no de los shows para el público.
Quisiera explicar ahora que se llama milonga a uno de los tres ritmos que forman parte del tango, junto con el tango vals y el tango propiamente dicho.
Pero también se llama milonga al lugar en donde se baila. Y también a la red local o mundial que configura el mundo del tango bailado.
Se dice bailar una milonga cuando se habla del ritmo, ir a la milonga cuando se va a bailar a un lugar, pertenecer a la Milonga cuando se es miembro de la gran red mundial de personas que comparten la pasión por bailar el tango.
En la Milonga se encuentran todos. Jóvenes que descubren el tango que bailaron sus abuelos, aportando su energía, creatividad e irreverencia. Adultos que redescubren el tango de sus viejos y del que renegaron durante años. Viejos milongueros que nunca dejaron de bailar y miran sorprendidos este nuevo berretín por el tango. Extranjeros que vienen y vuelven enamorados de ese abrazo intenso y de esa proximidad emocional.
Extracto puro de vida, en la Milonga se condensa todo en un pequeño espacio y los detalles se amplifican: los personajes, las tensiones sociales, la diversidad. “Aquí se borran todas las diferencias, de edades, de clases, de proporciones físicas”, se oye decir con asombro a los nuevos y con orgullo a los de siempre. Y sin embargo, si bien es cierto que no se discrimina, el atractivo esencial de la milonga está precisamente en las diferencias. El baile no las borra, al contrario, las asume, las destaca, las cultiva, las celebra, las lleva hasta el límite. Comenzando, sin duda, por la diferencia hombre- mujer.
Ser milonguero es un culto. Atractivos y seductores, los milongueros, las milongueras, con su manera particular de ver la vida, son una más de las tribus urbanas, como los hippies o los roqueros.
Bohemios que en la vida cotidiana pueden ser doctores, empresarios o taxistas. Abogadas, empleadas, o diseñadoras de moda. Ricos o pobres, casados, solteros o divorciados.
Bailar tango es no bancarse la vida como espectadores y encarar el desafío de ser protagonistas.
Por eso se sienten especiales y tienen sus razones. Los adultos bailan tres veces por semana y no tres veces por año como sus amigos. Los jóvenes bailan abrazados en vez de saltar como energúmenos en las discotecas. Los mayores están en plena forma física, son flexibles y noctámbulos como jóvenes.
El hombre, agazapado, maniatado, domesticado durante largas horas detrás del volante, el escritorio o el mostrador, llega a la milonga a descomprimirse, explayarse, expresarse.
La mujer, corriendo todo el día detrás de los hijos, los hombres, el carrito del supermercado, el mango, y la tan pregonada emancipación, encuentra en el baile el tiempo de soñar, de entregarse, de ponerse en manos de otro y no tener que hacerse cargo por un rato de tomar sus propias decisiones.
Pero a la vez adquiere nuevos derechos: sentarse sola, mirar sin rodeos al hombre con quien quiere bailar, abrazarse a un desconocido, y a otro, y a otro...
En una sorprendente evolución que va más allá del antiguo machismo pero también de las reivindicaciones del feminismo, el tango no resuelve las contradicciones, las hace jugar de un modo trasgresor y original. Frontera entre permitido y prohibido, sexo y ternura, cuerpo y alma. Gran escenario de dos cuerpos en donde es posible escribir su propio guión, rompiendo antiguos prejuicios y viejos códigos. Sueño de ser hombre y mujer, tierno y cruel, dócil o dominante.
Allí en la milonga el hombre y la mujer vivirán su novela que expresa la medida de su prisión cotidiana y la inmensidad de su sueño de libertad.

Los códigos de la milonga: tanda, cortina y cabeceo


En las milongas el tango se baila en sus tres ritmos: vals, milonga, tango... tres ritmos pero especialmente tres aventuras diferentes.
El vals es celestial, nos llega de Europa. Es romántico, elegante y espiritual. Cuenta de balcones floridos y cartas perfumadas, de amores castos y novias quinceañeras. Compartir un vals es placer de dioses.
La milonga es terrenal, atraída hacia el suelo por sus raíces negras, es provocadora y juguetona, sin treguas ni silencios. Es humor y picardía. Bailar juntos una milonga es hacerse cómplices de la misma travesura.
Y entre el cielo y la tierra... el tango, a la vez carnal y sublime. Se siente en el alma, el corazón y las entrañas. Bailar un tango es entrega de amantes.
Cada tanda de cuatro o cinco temas de la misma orquesta intercala los diferentes ritmos del baile. Tango, milonga, tango, vals, tango… Y en cada tanda la experiencia de una nueva pareja de baile.
A veces, mágica comunión, otras, incómodo forcejeo.
La cortina, de un ritmo diferente al tango, marca el final de cada tanda. La pista se vacía para dejar lugar a las miradas, los bailarines regresan a sus mesas, excitados, nostálgicos, sin mirar atrás.
Rápidamente un trago, quizás un cigarrillo, un comentario breve a los compañeros de mesa, y otra vez las miradas al acecho. Veladamente ansiosas, tramposamente distraídas, sutilmente insistentes. Cada uno, cada una, explora el aire intentando encontrar al próximo compañero de baile.
Los primeros acordes. Finalmente la mirada se detiene…ha encontrado el objetivo; apunta, insiste, acaricia, atraviesa.
Suave descenso del mentón, leve pestañeo, apenas un chispazo de invitación, así cabecean ellos. Media sonrisa, gesto de asentimiento, así responde la mujer. Como si fuera un partido con pelota invisible, los de afuera ni la ven pasar.
En la milonga todas las aptitudes para la supervivencia están activas al máximo. Se destacan y se entrenan la intuición, el sexto sentido, la mirada periférica, la percepción totalizadora.
Las mesas alrededor de la pista, los bailarines sentados lado a lado, mirando frente a sí. Como si fueran pasajeros de un insólito colectivo, todos conversan con el de al lado pero miran hacia adelante. En mitad de una frase él o ella se levantan y van al encuentro de otro, dejando conversaciones truncas y puchos a medio fumar en los ceniceros.
En las pistas, las mujeres se encuentran con varones poderosos, seguros y protectores, como cuenta la leyenda que alguna vez fueron todos los hombres.
Los hombres tienen permiso para abrazar a minas que saben hacerlos vibrar, hembras dóciles y complacientes como en los viejos tiempos, que nadie sabe si alguna vez fueron verdad.
Bailan así, de una a otra tanda y de una a otra pareja, hasta la última despedida. En cada milonga, en Buenos Aires y en todo el mundo, la noche se cierra con los compases inconfundibles de "La Cumparsita".

El hombre y la mujer: así se baila el tango

Ya desde el abrazo se pacta sin palabras la calidad de la entrega. La proximidad, el apile, el modo de contacto entre las cabezas, la presión del brazo de él estrechando el talle de ella, el peso del brazo de ella rodeando el cuello de él.
El contacto de las cabezas marca el primer indicio de intimidad. En general es la mujer quien define cómo va a ubicar su cara respecto de la del hombre. Si la orienta en la misma dirección que él, le aproxima la boca. Hacia el otro lado, sobre el hombro de él, ella está más cerca de su oído y él del de ella.
El hombre es quien propone la forma de contacto entre los torsos. Si la va a enfrentar con todo el pecho o formar un ángulo abierto. Si le ofrece un plano rígido, como un frontón, o le hace un hueco en donde cobijarse.
Cada uno escucha el cuerpo del otro, adivina sus pies, registra su emoción. Se transmiten sus vivencias en un diálogo secreto de preguntas y respuestas.
Hay bailarines parcos, de figuras despojadas y austeras. Algunos que deslumbran con su destreza. Otros tan barrocos que empalagan.
La poesía de las mujeres merece un capítulo aparte. Se supone que se dejan llevar. Aunque algunas se resisten, no se sabe si por recato o en un arranque de inoportuno feminismo. Otras van a remolque con una pasividad que más que entrega parece resignación.
Pero la buena bailarina, sin perder el diálogo imprime al baile su propia energía, estrenando un adorno cada tanto, jugando sutilmente con las distancias y los gestos.
Y este milagro de creatividad se renueva y se multiplica en cada pareja, con cada tango, creando un guión inédito e irrepetible.
En el baile se juega en un tiempo y un espacio imprevisibles que son el secreto del tango, en donde el buen bailarín improvisa su desplazamiento y su modo de transitar la música.
No se miran ni se hablan. Si hacen falta palabras es porque el lenguaje de los cuerpos está fallando. Ella presiente la intención y se atrasa apenas, creando una leve tensión que indica que está allí presente y que él no baila solo. Es ese pequeño decalaje el que garantiza la emoción, ausente en el tango de escenario en el que la sincronicidad es perfecta, ya que la coreografía ha sido ensayada y se baila “de memoria”.
Parecen uno solo, cuerpo y alma. Pero dicen que para bailar el tango hacen falta dos. Y, sin embargo, dos no alcanzan. En esa celebración, hombre y mujer están bailando acompañados.
Bailan con la música, lenta o picadita. Con cada orquesta y su estilo único, siguiendo el ritmo o la melodía, el bandoneón o el violín. Con el cantor, que les susurra al oído retazos de sueños o pesadillas.
Bailan con las otras parejas en círculo formando un diseño cambiante que multiplica su propia energía. Bailan también con la mirada externa de un público real o imaginario, que los ampara y los aprueba.
Sutil equilibrio de relaciones en el que ninguna debe predominar.
Cuando todas las partes han sido convocadas por igual, la comunión es perfecta. Misterio de los cuerpos en armonía, magia del tango, la emoción es intensa y total, cuerpo y alma.
En absurda contradicción cada uno anhela que ese tango siga para siempre y que termine pronto, por miedo a que un traspié pueda romper el encanto.
Se apaga la última nota, hacen durar el abrazo por unos instantes más. Cuando la experiencia es fuera de lo común, las palabras sobran, se miran casi con pudor, o ni se miran, conmovidos por tanta entrega.

VI. De la milonga al mundo: Redes del tango

Como toda red informal, el tango permite una práctica y una pertenencia más allá de las fronteras. Esto acontece también con ciertos deportes y hobbys: el ajedrez, el golf, el coleccionismo, que han ido creando tribus de adeptos a través del mundo. En esas actividades además del placer de compartir la pasión por un tema, aparece la oportunidad de socializar o de establecer contactos laborales.
En el tango además se pone el cuerpo, se desarrollan la empatía y la comunicación sin palabras, se vive la experiencia de crear de a dos, se entrenan las sutilezas de la relación hombre-mujer. Y todo esto, en un contexto de emoción, arte y celebración. Si para los solos puede ser un lugar para socializar, para las parejas es una actividad creativa compartida que favorece la comunicación y mantiene viva la sensualidad.
Y más allá de la fiesta, los números son impactantes. Hoy el Tango mueve en el mundo 500 millones de dólares por año, de los cuales sólo el 10% pertenecen a la Argentina. Hay en Internet 50 millones de sitios que hablan del Tango. Millones de personas de todas las edades y nacionalidades lo aprenden y lo bailan en sus ciudades de origen. Miles de ellos llegan por año a perfeccionarse a Buenos Aires. Se organizan festivales desde Islandia hasta Japón, pasando por Granada, Istambul, New York. Y todas las grandes ciudades del mundo cuentan con revistas acerca del Tango. Y este despliegue es apenas para los que son protagonistas: además están los shows para el público y el merchandising para los turistas y curiosos.
Si la música es comunicación, el arte de bailar tango es un modo original de intercambio con otras historias y geografías, atravesando las barreras del lenguaje y favoreciendo así la integración de la diversidad.
Circuito de salones de baile en donde se baila el tango vivo, la milonga es red y navegador, siempre pasaporte, y a veces salvoconducto. Cada hombre o mujer que baila el tango en viaje por el mundo, al acercarse a estos lugares, es recibido y reconocido como un miembro de la cofradía. El tango genera vínculos basados en una pasión en común y en cada ciudad encontrará siempre una sede local del gran club.
Un presidente de una organización internacional, viajero frecuente por razones de trabajo, y que ahora baila tango cuenta: “Ahora entiendo que cuando viajaba me sentía como esos primeros hombres que llegaron a Buenos Aires en los orígenes del tango: mi recurso era salir de copas y pagar por compañía. Hoy, gracias al tango, en cada ciudad del mundo tengo un refugio y un espacio de pertenencia y participación. He ganado una calidad de experiencia de la cual no sólo no me siento avergonzado, sino que me siento orgulloso.”
Cuenta que ha hecho amigos para la vida e interesantes conexiones laborales. Pero además, gracias a la destreza del baile y el desarrollo de la observación sutil para interactuar en las milongas, descubrió que se ha vuelto un líder mejor conectado, atento a descifrar los pequeños signos de la gente y del entorno.
En mi caso particular, me encontré con el tango como parte de una búsqueda vital y artística, y descubrí que se trataba de una calidad de red informal en la que podía integrar mis conocimientos en diferentes áreas. El tango fue así un campo experimental para explorar el mecanismo de la creatividad compartida, entrenar la intuición y la empatía e investigar el funcionamiento de los lazos azarosos que operan sobre las tendencias globales.
Hoy tengo amigos de todo el mundo que vienen a bailar a Buenos Aires, que me reciben en su ciudad cuando viajo para un congreso, que me invitan a dar conferencias. Hoy el tango forma parte de mi mundo, y las fronteras entre mi actividad científica, mi actividad artística y mis seminarios de creatividad se han diluido. A veces, viajo para bailar tango y termino dando conferencias sobre pensamiento creativo. Otras, voy a un congreso científico y termino bailando tango.